Algunos científicos, estudiosos de lo biológico-tecnológico, divulgadores, etc. Sostienen que la biología se unirá con la tecnología de tal forma que serán indistinguibles, convirtiéndose nuestra especie en algo distinto, muy distinto a todas las demás; que hasta ahora por cierto no lo es, al menos no tanto como nosotros pensamos.
Es cierto que vamos de la mano de la tecnología, es cierto que la especie humana ha poblado todo este mundo de tal manera que casi falta espacio, y aquel que está ocupado, a veces, lo hacemos insostenible.
Sin embargo, una especie que tanto es capaz de hacer, qué poco provecho se saca, aunque no generalizo, ya que se suele utilizar la generalidad como concepto, tampoco me gusta pre-conceptualizar, aunque en este caso poco puedo hacerlo, pues nos preceden bastantes años de experiencia, y la historia habla, aunque sea interpretada, o a veces olvidada, pero nadie puede negar que de una forma u otra se repite.
No vengo hoy a escribir sobre un tema de gran interés, simplemente sobre las latas de conserva. Y dirán ustedes que para qué coño he escrito todo lo anterior; pues precisamente para indicar nuestra inconsciente fusión con lo material, con lo inventando por nosotros mismos.
Necesitamos organizarnos de alguna forma, somos muchos, muy distintos, por lo tanto tendemos a hacer una superestructura de todo, y posteriormente la vamos descomponiendo, pero todo este proceso lleva consigo repercusiones, o ventajas depende de quién lo mire y de cómo se mire. Desde luego hay superestructuras anárquicas en nuestras mentes, no todo es blanco o negro, es más, casi nada lo es.
Escribo sobre las latas de conserva porque escribo sobre nosotros mismos, tienen hasta fecha de caducidad; aunque afortunadamente la nuestra, desde hace aproximadamente 150 años es algo más permisiva, ya tenemos tiempo de pensar en la felicidad, el amor, el arte, la ciencia…tiempo incluso para tener más problemas de la cuenta; todo ello hasta caducar, perecer, desvanecer, desaparecer…como quieran llamarlo, pónganles el nombre que menos miedo les dé.
Llegados a este punto, busquemos entonces más similitudes con nuestras amigas las latas.
Si llevan mucho tiempo guardadas, al no abrirlas al mundo, finalmente acaban pudriéndose, aunque ellas no en realidad, su interior: contenido, no continente. Exactamente igual pasa con las personas y su continente (superestructura mundial reducida: países), aunque en este caso, la putrefacción de los sentimientos y vivencias es algo más complejo que la putrefacción de un país, pues si algo huele mal es porque nunca llegó a oler bien quizás.
Sin embargo, claro está que un país abierto al mundo reduce sus posibilidades de necrosarse.
Se supone que la política exterior moderna debe obedecer a criterios de Estado; a una percepción de la síntesis histórica de la ubicación de un país en el mundo, a una lectura adecuada de los desafíos de la globalización y de su impacto en la vida de cada uno de los individuos de una nación.
En realidad no entiendo mucho de este tema, por lo tanto no voy a dar la tralla con él, pero pensemos si nuestro país, para no ir más lejos (tampoco sabemos hacerlo) anda bien encaminado, o anduvo, o andará.
Por otra parte, el atún (enlatado) no se mezcla él solito, por su propio pie con la piña (enlatada también), claro no tiene pies. Nosotros, aun teniéndolos (pies) tampoco lo hacemos, tendemos a enlatarnos en alguna parte y de ahí no salimos, ni nosotros, ni nuestra cabeza.
Hay algo más de las latas que hemos adquirido, y parece que nos encanta: las etiquetas.
Lata de conservas: ¿Etiqueta? marca o señal que se coloca en los productos para su identificación, valoración, clasificación, etc.
Homo sapiens sapiens: ¿Etiqueta? calificación identificadora de una persona en cuanto a su carácter, dedicación, profesión, ideología, etc.
Igual que las susodichas latas son etiquetadas al ser creadas para una función en particular, a nosotros, al nacer, nos etiquetan, sin saber cuál es nuestra función, pues dicha función la desempeñamos mientras vivimos, y de algún modo es el propio etiquetado el que se ocupa de elegirla, o quizás no desempeñamos ninguna función, solo interpretamos un papel, dentro de una función, que no es la misma función anterior, ni la función de las latas, ni sé de qué función hablo ya…
La primera etiqueta: el nombre. Nuestros nombres nos los endilgan, a veces parece que hasta con maldad, o no me digan que no conocen a algún…no quiero ofender, piensen ustedes mismos. El caso es que a partir de esta primera etiqueta ya no paramos de recibir una detrás de otra, al igual que etiquetamos a otros.
Hay quien ni siquiera hace nada de eso, pero inevitablemente está expuesto a recibirlo, y qué más da. Lo importante es lo que hagamos nosotros con las etiquetas de los demás, no lo que hagan los demás con las nuestras, pues mientras procedamos de manera que no hagamos daño a nadie, lo que parezcamos o no, a mi al menos me importa bien poco. Aunque alguna vez me han dicho: “no sólo hay que ser, sino también hay que parecer”. Qué asco me da esa frase, pero que cierta es, adaptada a nuestro mundo de latas de conservas, claro está, sino sería una puta mierda de frase. Por lo tanto, una puta mierda de frase que puede ser perfectamente adaptada, aceptada y avalada en un lugar, indica que ese lugar es una puta mierda, y lo mismo los que lo habitan. Claro que, aparte de putas mierdas, como dije antes casi nada es blanco o negro, por lo tanto, esperemos que lo gris solo sea un poco mierda, porque vaya tela con las mierdas: cosa sin valor o mal hecha, persona sin cualidades ni méritos (RAE).
Una vez, en una película romanticona (sí, las veo) dijeron algo así como: “…porque no hay que poner etiquetas, no hay que decir novio/a, amigo/a, marido/mujer; llega un momento que no ves más allá de la etiqueta, no ves a la persona…”
Me marcó bastante la frasecita barata de comedia amorosa, es más cierta que la anterior (ser y parecer), la que era una puta mierda, pero no más adaptada, ni aceptada, ni avalada.
Y en realidad, después de todo, es mejor no pensar, dejar fluir lo natural, y si es etiquetar, pues nada: una puta mierda más que fluye por nosotros y que se verá equilibrada por otra algo menos mierda (gris), que espero, alberguemos la mayoría.
He dicho “se verá equilibrada”, vaya manía la de equilibrar. A las latas las dosifican, para comercializarlas según las normas establecidas por la superestructura: equilibrio. Y a nosotros, ¿quién nos dosifica?, ¿qué superestructura establecerá las normas?, ¿con qué función?, ¿por qué con fecha de caducidad?
Por mucho que haya querido hacernos ver como algo tan simple (lata), sigo sin respuestas a estas preguntas, al igual que todos vosotros, pues una simplicidad puede llegar a ser muy complicada, así que mejor no complicarla más. Dejémonos de latas, dejémonos de querer corregir siempre los desequilibrios, la vida es un desequilibrio.

Todos los que usamos las latas lo sabemos, la mayoria de las personas que no lo saben no la utilizan por que consideran que es mucho mejor un buen guiso, y de estos las que la utilizan es porque algunos de los que saben el perjuicio de las latas no pueden hacerlo de otra forma.
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