sábado, 5 de noviembre de 2011

LOS MATICES. 05/11/2011.




¡Qué molesto es eso de estar cagándose!... Y no en alguien en particular, sino literalmente: “Ahora tengo que levantarme, ir, apretar, después limpiarme…”.
Hay a quien le gusta el olor de su mierda, o de las mierdas en general, de todo hay en esta vida; aunque de estos últimos conozco a pocos, la verdad. Pero de los primeros conozco a más, a mi misma: Sí, me gusta el olor de mi mierda. Una vez supero ese gran impedimento que es emprender la “cagada”, una vez en el ajo, es una sensación gratificante. Yo pienso que estar estreñido es peor que otras muchas cosas que parecen más graves. Es la pérdida de un placer al alcance de todos que muy pocos disfrutamos.

Sin embargo hay mierdas que huelen muy mal, y ahora no lo digo literalmente, sino de una manera general. Al final mezclamos unas mierdas con las otras… y bueno, a veces salen cosas a veces nada, que cosas serán esas. Dejémonos de mierdas por el momento, tanta mierda me está provocando unas ligeras ganas de echar algo parecido por otra región corporal, que no se relaciona con la cloacal, aunque a veces está mucho más sucia; y puedo llegar a afirmar que pasan más mierdas por ahí (dialécticas y depravadas) que por el otro lado.

Al final se trata solo de matices (de matizar: rasgo poco perceptible que da a algo un carácter determinado). Y qué tendrá que ver esto con el placer de cagar… o de cagarla. Me remito a una experiencia, cuyo final podría haber sido una mierda o podría haberla cagado, pero al final nada fue:

Mientras leía un relato de Edgar Allan Poe, tumbada en la cama del revés: con los pies apoyados en la pared y la cabeza hacia el otro lado, acababa de apagar un cigarro encantado; y a mi alrededor unas velas encendidas. Un pavoroso olor a quemado inundó la habitación. Busqué, apagué las velas. No podía haberse quemado nada; escuchando de fondo Black Rebel Motorcycle Club, seguí buscando: por las habitaciones contiguas, olía aun más que en mi propia habitación. En un intento vano de descubrir de dónde procedía ese maldito olor, fui a oler la vela apagada, que se había consumido habiendo podido quemar el “plástico-metal” que la contenía. Me volqué toda la cera caliente en la cara, y en un pecho. Son unos exagerados estos sadomasoquistas…tampoco es para tanto.
Finalmente, decidí bajar y mirar fuera. Mi olfato persistía en el reiterante olor. Supuse que no podía ser del interior de la casa, sino de algún pasto quemado en el exterior, o de cualquier otra cosa. Revisé incluso mi pelo, por si accidentalmente lo había prendido; sumida en la lectura, envuelta por la inhumanidad prematura que me estaba siendo descrita.
Me pareció escuchar la puerta de la cancela, esperaba que llegase alguien, y nada. Empecé a pensar entonces, si lo que se estaba chamuscando era mi mente, mis engañosos sentidos, si había intrusos en mí: intrusos esquizoides. El olor desapareció y seguí leyendo.

Lo viví como una experiencia vital compleja; que proviene de algo simple. Por pensar en sus consecuencias inmediatas: por lo que hubiese podido ocurrir, o por lo que me estaba ocurriendo a mí.
Qué curiosos son los matices, y cómo deciden por nosotros:

“Un incendio, provocado por una drogadicta. ¡Qué gran tragedia!”. Tragedia moral, para los demás. Pues no hubiese sido nada: pequeño estropicio reversible, por un placer desprovisto de adicción (como el cagar).

Esa es la manera que tenemos de controlar los matices: “matizándolos”, la manera de vencerlos, en lugar de que por ellos seamos vencidos.
Casi siempre nos equivocamos de matiz, pero por acción o por omisión tendemos a hacerlo. Estamos obligados por nuestra propia naturaleza humana.
Matiz tras matiz. Si no hay un “tras”, hay un aislado matiz primario… ¿De cuántos matices se compone una vida?, ¿de uno, de muchos, o de ninguno en realidad? Quizás ella misma sea un gran matiz creado por nosotros mismos.

Fin de los matices, si continúo matizando estampo el bolígrafo contra la pared. He de reprimir este repentino instinto asesino, como en otras muchas ocasiones; que han de admitir tenemos todos. Se acabó, fin de esta historia, o lo que sea. No es nada, solo que no se acabar. Hay que saber parar, punto y final. Y cuando no sabes, acabas diciendo nada y punto.


Esa exactamente fue mi redacción en el momento del incendio mental, con matices incluidos. Y sin saber poner punto y final a algo que nunca debió empezar, pues ahora veo matices por todas partes, y no me gusta esquematizar algo tan singular, como cualquier cosa que merezca serlo. Como dice Sabina, “por no tener, no tengo ni edad de merecer”. Pues no, no lo merezco; esa posesión de una estructura mental que estructura todo y pone orden a todo, menos a la vida que le da vida.
Y es que cuando descubres que todo se mezcla, si sigues matizando te vuelves loco, es mejor no ver nada tal y como es o como crees que es, sino dejarle lugar a interpretación siempre: un breve análisis, con velcros para que vayan pegándose cosas. Y ahí ya estas volviendo a matizar, entonces qué haces: ¿voy a cagar o me espero?, ¿me gusta cagar o es un coñazo? Cagas y punto, intentas disfrutar sin pensar que te gusta, solo pensando que estas cagando y que en ese momento te está gustando, pero que no te gusta por norma general. Así cada cagada es una experiencia nueva, una puerta misteriosa.

A mí me gusta conducir, a veces me voy a dar vueltas sin compañía y hacia ninguna parte. Mi madre dice que de pequeña no paraba de llorar hasta que me montaban en el coche de madrugada y entonces me dormía… En aquel momento me gustaba montar en coche, desde los 9 a los 13 años aproximadamente, siempre vomitaba, y claro era un factor importante para no querer montarme, y después de nuevo me encanta. ¿Será porque me siento estática pero dinámica a la vez? ¿Será fruto de esa “mezcla”?.

Es entonces la “mezcla”, ese misterio que se crea al saber que existen matices, pero que ni los tenemos en cuenta, para ser “virginis” cada vez… Porque  como dice el William Wilson de E.A. Poe: “Esta época, estos últimos años han sido una repentina elevación hacia la depravación; las personas suelen envilecerse gradualmente”.

Es esa “virginilidad artificial” la que me sigue haciendo feliz, pues como escribió Nietzsche en el prefacio de uno de sus libros (cómo se filosofa a martillazos): “conservar en los problemas sombríos y de abrumadora responsabilidad la alegría serena, es cosa harto difícil, y, sin embargo, ¿hay algo más necesario que la alegría serena? Nada sale bien si no participa en ello la alegre travesura”

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Jamás, en este amante, la sazón del racionero comedido. Escucha el acto -precipicio impuro- y no el retoque del prejuicio noble.