sábado, 5 de noviembre de 2011

LOS MATICES. 05/11/2011.




¡Qué molesto es eso de estar cagándose!... Y no en alguien en particular, sino literalmente: “Ahora tengo que levantarme, ir, apretar, después limpiarme…”.
Hay a quien le gusta el olor de su mierda, o de las mierdas en general, de todo hay en esta vida; aunque de estos últimos conozco a pocos, la verdad. Pero de los primeros conozco a más, a mi misma: Sí, me gusta el olor de mi mierda. Una vez supero ese gran impedimento que es emprender la “cagada”, una vez en el ajo, es una sensación gratificante. Yo pienso que estar estreñido es peor que otras muchas cosas que parecen más graves. Es la pérdida de un placer al alcance de todos que muy pocos disfrutamos.

Sin embargo hay mierdas que huelen muy mal, y ahora no lo digo literalmente, sino de una manera general. Al final mezclamos unas mierdas con las otras… y bueno, a veces salen cosas a veces nada, que cosas serán esas. Dejémonos de mierdas por el momento, tanta mierda me está provocando unas ligeras ganas de echar algo parecido por otra región corporal, que no se relaciona con la cloacal, aunque a veces está mucho más sucia; y puedo llegar a afirmar que pasan más mierdas por ahí (dialécticas y depravadas) que por el otro lado.

Al final se trata solo de matices (de matizar: rasgo poco perceptible que da a algo un carácter determinado). Y qué tendrá que ver esto con el placer de cagar… o de cagarla. Me remito a una experiencia, cuyo final podría haber sido una mierda o podría haberla cagado, pero al final nada fue:

Mientras leía un relato de Edgar Allan Poe, tumbada en la cama del revés: con los pies apoyados en la pared y la cabeza hacia el otro lado, acababa de apagar un cigarro encantado; y a mi alrededor unas velas encendidas. Un pavoroso olor a quemado inundó la habitación. Busqué, apagué las velas. No podía haberse quemado nada; escuchando de fondo Black Rebel Motorcycle Club, seguí buscando: por las habitaciones contiguas, olía aun más que en mi propia habitación. En un intento vano de descubrir de dónde procedía ese maldito olor, fui a oler la vela apagada, que se había consumido habiendo podido quemar el “plástico-metal” que la contenía. Me volqué toda la cera caliente en la cara, y en un pecho. Son unos exagerados estos sadomasoquistas…tampoco es para tanto.
Finalmente, decidí bajar y mirar fuera. Mi olfato persistía en el reiterante olor. Supuse que no podía ser del interior de la casa, sino de algún pasto quemado en el exterior, o de cualquier otra cosa. Revisé incluso mi pelo, por si accidentalmente lo había prendido; sumida en la lectura, envuelta por la inhumanidad prematura que me estaba siendo descrita.
Me pareció escuchar la puerta de la cancela, esperaba que llegase alguien, y nada. Empecé a pensar entonces, si lo que se estaba chamuscando era mi mente, mis engañosos sentidos, si había intrusos en mí: intrusos esquizoides. El olor desapareció y seguí leyendo.

Lo viví como una experiencia vital compleja; que proviene de algo simple. Por pensar en sus consecuencias inmediatas: por lo que hubiese podido ocurrir, o por lo que me estaba ocurriendo a mí.
Qué curiosos son los matices, y cómo deciden por nosotros:

“Un incendio, provocado por una drogadicta. ¡Qué gran tragedia!”. Tragedia moral, para los demás. Pues no hubiese sido nada: pequeño estropicio reversible, por un placer desprovisto de adicción (como el cagar).

Esa es la manera que tenemos de controlar los matices: “matizándolos”, la manera de vencerlos, en lugar de que por ellos seamos vencidos.
Casi siempre nos equivocamos de matiz, pero por acción o por omisión tendemos a hacerlo. Estamos obligados por nuestra propia naturaleza humana.
Matiz tras matiz. Si no hay un “tras”, hay un aislado matiz primario… ¿De cuántos matices se compone una vida?, ¿de uno, de muchos, o de ninguno en realidad? Quizás ella misma sea un gran matiz creado por nosotros mismos.

Fin de los matices, si continúo matizando estampo el bolígrafo contra la pared. He de reprimir este repentino instinto asesino, como en otras muchas ocasiones; que han de admitir tenemos todos. Se acabó, fin de esta historia, o lo que sea. No es nada, solo que no se acabar. Hay que saber parar, punto y final. Y cuando no sabes, acabas diciendo nada y punto.


Esa exactamente fue mi redacción en el momento del incendio mental, con matices incluidos. Y sin saber poner punto y final a algo que nunca debió empezar, pues ahora veo matices por todas partes, y no me gusta esquematizar algo tan singular, como cualquier cosa que merezca serlo. Como dice Sabina, “por no tener, no tengo ni edad de merecer”. Pues no, no lo merezco; esa posesión de una estructura mental que estructura todo y pone orden a todo, menos a la vida que le da vida.
Y es que cuando descubres que todo se mezcla, si sigues matizando te vuelves loco, es mejor no ver nada tal y como es o como crees que es, sino dejarle lugar a interpretación siempre: un breve análisis, con velcros para que vayan pegándose cosas. Y ahí ya estas volviendo a matizar, entonces qué haces: ¿voy a cagar o me espero?, ¿me gusta cagar o es un coñazo? Cagas y punto, intentas disfrutar sin pensar que te gusta, solo pensando que estas cagando y que en ese momento te está gustando, pero que no te gusta por norma general. Así cada cagada es una experiencia nueva, una puerta misteriosa.

A mí me gusta conducir, a veces me voy a dar vueltas sin compañía y hacia ninguna parte. Mi madre dice que de pequeña no paraba de llorar hasta que me montaban en el coche de madrugada y entonces me dormía… En aquel momento me gustaba montar en coche, desde los 9 a los 13 años aproximadamente, siempre vomitaba, y claro era un factor importante para no querer montarme, y después de nuevo me encanta. ¿Será porque me siento estática pero dinámica a la vez? ¿Será fruto de esa “mezcla”?.

Es entonces la “mezcla”, ese misterio que se crea al saber que existen matices, pero que ni los tenemos en cuenta, para ser “virginis” cada vez… Porque  como dice el William Wilson de E.A. Poe: “Esta época, estos últimos años han sido una repentina elevación hacia la depravación; las personas suelen envilecerse gradualmente”.

Es esa “virginilidad artificial” la que me sigue haciendo feliz, pues como escribió Nietzsche en el prefacio de uno de sus libros (cómo se filosofa a martillazos): “conservar en los problemas sombríos y de abrumadora responsabilidad la alegría serena, es cosa harto difícil, y, sin embargo, ¿hay algo más necesario que la alegría serena? Nada sale bien si no participa en ello la alegre travesura”

martes, 3 de mayo de 2011

EN LA BOCA DEL LOBO. 03 / 05 / 2011.



Ya que pronto son las elecciones municipales, se me han venido a la cabeza la corrupción y el desencanto. ¿Por qué será?
Puede ser porque nos metemos en la boca del lobo, nos chocamos con aquello de lo que una vez huíamos, nos tropezamos con la misma piedra.
Si han leído el capítulo IX del ensayo sobre el gobierno civil de John Locke (y no el de la serie Lost), pueden observar cómo Locke expone el estado natural del hombre como estado ideal, pero no posible por la condición de enfermedad del propio ser, esto es causado por la corrupción y la maldad de los hombres degenerados.
Por lo tanto, el hombre renuncia a los privilegios del estado natural (Absolutamente libre), merma su libertad a cambio del control del poder político. Es decir, “en estado de naturaleza, todos son reyes”, por lo tanto el hombre está deseoso por unirse en sociedad, para así combatir la incertidumbre y la inseguridad de vivir con la amenaza constante de la invasión; preservando su propiedad, en un sentido muy amplio (Vida, libertades y posesiones), es por ello por lo que existen los estados y gobiernos, la “política”.
Preservar la propiedad en estado de naturaleza es imposible, pues no hay una ley aceptada y consensuada (ley natural VS intereses propios), no existe un juez imparcial con autoridad, ni tampoco un poder ejecutivo que obligue a cumplir las leyes (cuando éstas son “justas”).
Entonces, el hombre renuncia al poder de castigar, cediéndolo así a un organismo, pues al margen de la libertad, existen dos poderes: en primer lugar, dentro de la ley natural, el hombre puede hacer todo lo que le parezca oportuno para preservar su vida y la de los otros, y en segundo lugar, el hombre tiene el poder personal de castigar los crímenes cometidos contra la ley natural.
Llegados a este punto, si el hombre renuncia a esos dos poderes, entregados al poder legislativo y al poder ejecutivo, respectivamente; la sociedad está obligada a asegurar la propiedad del estado de naturaleza, procurando la paz, la seguridad y el bien del pueblo, impidiendo la agresión e injuria externa.
Tras este repaso por dicho capítulo, suponiendo que nos agrade su teoría, la cual califica como origen del derecho original, valga la redundancia; entonces, ¿Por qué somos corruptos huyendo de la corrupción?, ¿por qué una sociedad enferma, si se le dio su medicina?
Según Robert Trivers, considerado como uno de los 100 pensadores más influyentes del S. XX, por la revista Times (profesor de antropología y ciencias biológicas en la universidad de Rutgers y profesor de psicología en la universidad de Harvard), “el engaño es inherente a la vida”, y además afirma que “tenemos una capacidad tremenda para inventar sistemas de creencias sesgadas en las que, pese a todo, creemos sinceramente”. Y si lo pensamos, “cuando empezamos a comunicarnos entre nosotros mediante el lenguaje aumentaron muchísimo las posibilidades de engañarnos los unos a otros”. Qué curioso, prevalece el autoengaño engañador, y ahora verán por qué.
Este pensador se basa en sus ideas acerca del altruismo recíproco y de la necesidad de un esfuerzo parental conjunto para la supervivencia de nuestra especie. Señala, que la compasión por los demás tiene una larga trayectoria en la historia evolutiva. Nos interesa tener una buena relación con otros, con desconocidos, con los que interactuaremos en el futuro, por si necesitamos de su ayuda más adelante. Por lo tanto, deducimos que la selección nunca delimitó estrictamente los límites de esta compasión. Después de esto, sabemos también que empatizamos con el sufrimiento humano.
La versión negativa de Robert Trivers del mismo fenómeno, es la siguiente: líderes políticos contando mentiras, llevando a cabo políticas vergonzosas; es eso lo que consume las fantasías de poder devolver el “favor” de algún modo.
De todo esto sacamos en claro que de una manera u otra interactuamos, pero en este caso “interactuar” se refiere a intercambiar beneficios entre nosotros a un coste determinado. El problema con este sistema es, muchas veces, que la gente se siente tentada a obtener los beneficios y olvidar el coste. Puedo aceptar tu altruismo, pero también puedo fingir que soy altruista a cambio y no serlo en realidad, aprovechándome de ti. Por eso, “la selección natural ha favorecido nuestra susceptibilidad hacia los tramposos”, es nuestro modo de protegernos.
Si las trampas se repiten un día tras otro, un mes tras otro, desequilibra las relaciones, y puede suponer un gran coste en nuestras vidas…
Sentimos emociones muy intensas contras los tramposos. Necesitamos que sean castigados. Es esto lo que genera aversión en el resto de nosotros, cuando por un lado tenemos a la clase política que no castiga a los tramposos de su misma calaña, y por otro lado, cuando se castiga excesivamente a otro tipo de tramposos. Nuestra sociedad es muy hipócrita, porque no hay que olvidar, que además de esto, cuando somos nosotros mismos los que somos injustos, entonces es otra historia. En general, estamos más que dispuestos a tener una relación injusta en la que es otro el que sufre la injusticia y, además, negamos que nuestra conducta sea así…nos autoengañamos.
Biológicamente, al cerebro le resulta menos costoso autoengañarse que ser consciente del engaño, pues consume menos energía, ya que al ser consciente del engaño está creando una contradicción en sí mismo.
Definitivamente, el autoengaño evoluciona para que el engaño a los demás sea más eficaz y menos costoso; al menos durante un tiempo… a la larga, ¡puede desencadenar un desastre!
Con la ayuda de dos personajes alejados cronológicamente, pero que son conscientes de lo mismo (era y es), vemos como la corrupción y el autoengaño del que una vez huíamos se convierte en enfermedad crónica, siendo todo un feed back positivo, como es el caso de la dilatación del cuello del útero y de la liberación de oxitocina, lo cual determina una mayor dilatación del útero a la hora del parto, pero en este caso (político), en lugar de hacernos vivir, nos ahoga.
¿Cómo paramos este sistema que opera por retroalimentación positiva, en el cuál la respuesta refuerza o intensifica el estímulo?
La posible solución nos lleva a otra discusión: Voto / no voto.
Los acontecimientos hay que analizarlos en su contexto, en este caso la democracia.
Todo aquel que ya no sabe ni para donde mirar, que cierra los ojos para no ver la oscuridad, posiblemente se decante por no votar, o por votar en blanco.
Puesto que tomando la segunda determinación acabas favoreciendo a quién seguramente no deseabas, entonces qué hacemos, ¿no votamos?
El voto es el único arma que tiene un ciudadano, pero si considera que ninguna de las opciones planteadas coinciden con la realidad; ya sea por su imposible cumplimiento, o por sus reiterativos incumplimientos anteriores, ¿qué opciones nos quedan?, y más ante un claro bipartidismo.
En mi opinión, no votar, es una falta de espíritu cívico, y se lo digo con respeto: “no está usted cumpliendo el espíritu de la actitud democrática de votar”.
El gran problema, es que la mayoría de los votantes no llegan a hacer un análisis profundo que se corresponda con la realidad, y van a las urnas con una predisposición o guía, causante de un bipartidismo descarado.
Independientemente de que exista una ley electoral obsoleta, con desigualdad en el recuento, que promueve las mayorías…Hay que analizar con seriedad, dejando a un lado el signo político, hay que fomentar el análisis de las propuestas electorales y de la realidad deseada, y además hay que crear algún tipo de movimiento para evitar su incumplimiento; dejando atrás aquellas palabras de un antiguo político español, del principio de la democracia (“el viejo profesor”): “las promesas electorales son para no ser cumplidas”. Tiene que ser posible conseguir un movimiento ciudadano.
Cuando se consiga que al menos un 30 % de los componentes de este estado analicen en profundidad, nos aproximaremos al espíritu del cumplimiento electoral; Y sus líderes tendrán la certeza de que pediremos cuentas.
Hacen falta espíritus críticos, hace falta cultura y capacidad, pues el conocimiento desemboca en crítica. Es necesario promover este sentimiento, en una sociedad preparada como la nuestra, igual que es necesario también derrocar ese sentimiento de desencanto de la “mayoría”, verlo como una minoría, pues la mayoría es gente honrada, sino cunde el desengaño; Y debemos exigir a esa minoría que la vigilaremos.
La clave está en el movimiento de uno en uno, de gente con inquietudes y formación, que en este país hay mucha.
En definitiva, es el mismo cuento de siempre: EDUCACIÓN, FORMACIÓN, PROMOCIÓN, SERIEDAD, ANÁLISIS PROFUNDO, CRÍTICA, ABSTRACCIÓN, PRESCINDIR DEL SIGNO POSIBLE Y ESCAPAR DE LAS PROMESAS ILUSAS, todo esto es necesario para curar a una sociedad corrupta en su “minoría”. Y sobre todo, visto lo visto, es muy necesario alcanzar los medios para OBLIGAR A LOS CANDIDATOS A ESCLARECER SUS PROPOSICIONES Y A CUMPLIRLAS.

miércoles, 2 de marzo de 2011

LAS HOMOLATAS. 02/03/2011

Algunos científicos, estudiosos de lo biológico-tecnológico, divulgadores, etc. Sostienen que la biología se unirá con la tecnología de tal forma que serán indistinguibles, convirtiéndose nuestra especie en algo distinto, muy distinto a todas las demás; que hasta ahora por cierto no lo es, al menos no tanto como nosotros pensamos.
Es cierto que vamos de la mano de la tecnología, es cierto que la especie humana ha poblado todo este mundo de tal manera que casi falta espacio, y aquel que está ocupado, a veces, lo hacemos insostenible.
Sin embargo, una especie que tanto es capaz de hacer, qué poco provecho se saca, aunque no generalizo, ya que se suele utilizar la generalidad como concepto, tampoco me gusta pre-conceptualizar, aunque en este caso poco puedo hacerlo, pues nos preceden bastantes años de experiencia, y la historia habla, aunque sea interpretada, o a veces olvidada, pero nadie puede negar que de una forma u otra se repite.
No vengo hoy a escribir sobre un tema de gran interés, simplemente sobre las latas de conserva. Y dirán ustedes que para qué coño he escrito todo lo anterior; pues precisamente para indicar nuestra inconsciente fusión con lo material, con lo inventando por nosotros mismos.
Necesitamos organizarnos de alguna forma, somos muchos, muy distintos, por lo tanto tendemos a hacer una superestructura de todo, y posteriormente la vamos descomponiendo, pero todo este proceso lleva consigo repercusiones, o ventajas depende de quién lo mire y de cómo se mire. Desde luego hay superestructuras anárquicas en nuestras mentes, no todo es blanco o negro, es más, casi nada lo es.
Escribo sobre las latas de conserva porque escribo sobre nosotros mismos, tienen hasta fecha de caducidad; aunque afortunadamente la nuestra, desde hace aproximadamente 150 años es algo más permisiva, ya tenemos tiempo de pensar en la felicidad, el amor, el arte, la ciencia…tiempo incluso para tener más problemas de la cuenta; todo ello hasta caducar, perecer, desvanecer, desaparecer…como quieran llamarlo, pónganles el nombre que menos miedo les dé.
Llegados a este punto, busquemos entonces más similitudes con nuestras amigas las latas.
Si llevan mucho tiempo guardadas, al no abrirlas al mundo, finalmente acaban pudriéndose, aunque ellas no en realidad, su interior: contenido, no continente. Exactamente igual pasa con las personas y su continente (superestructura mundial reducida: países), aunque en este caso, la putrefacción de los sentimientos y vivencias es algo más complejo que la putrefacción de un país, pues si algo huele mal es porque nunca llegó a oler bien quizás.
Sin embargo, claro está que un país abierto al mundo reduce sus posibilidades de necrosarse.
Se supone que la política exterior moderna debe obedecer a criterios de Estado; a una percepción de la síntesis histórica de la ubicación de un país en el mundo, a una lectura adecuada de los desafíos de la globalización y de su impacto en la vida de cada uno de los individuos de una nación.
En realidad no entiendo mucho de este tema, por lo tanto no voy a dar la tralla con él, pero pensemos si nuestro país, para no ir más lejos (tampoco sabemos hacerlo) anda bien encaminado, o anduvo, o andará.
Por otra parte, el atún (enlatado) no se mezcla él solito, por su propio pie con la piña (enlatada también), claro no tiene pies. Nosotros, aun teniéndolos (pies) tampoco lo hacemos, tendemos a enlatarnos en alguna parte y de ahí no salimos, ni nosotros, ni nuestra cabeza.
Hay algo más de las latas que hemos adquirido, y parece que nos encanta: las etiquetas.
Lata de conservas: ¿Etiqueta? marca o señal que se coloca en los productos para su identificación, valoración, clasificación, etc.
Homo sapiens sapiens: ¿Etiqueta? calificación identificadora de una persona en cuanto a su carácter, dedicación, profesión, ideología, etc.
Igual que las susodichas latas son etiquetadas al ser creadas para una función en particular, a nosotros, al nacer, nos etiquetan, sin saber cuál es nuestra función, pues dicha función la desempeñamos mientras vivimos, y de algún modo es el propio etiquetado el que se ocupa de elegirla, o quizás no desempeñamos ninguna función, solo interpretamos un papel, dentro de una función, que no es la misma función anterior, ni la función de las latas, ni sé de qué función hablo ya…
La primera etiqueta: el nombre. Nuestros nombres nos los endilgan, a veces parece que hasta con maldad, o no me digan que no conocen a algún…no quiero ofender, piensen ustedes mismos. El caso es que a partir de esta primera etiqueta ya no paramos de recibir una detrás de otra, al igual que etiquetamos a otros.
Hay quien ni siquiera hace nada de eso, pero inevitablemente está expuesto a recibirlo, y qué más da. Lo importante es lo que hagamos nosotros con las etiquetas de los demás, no lo que hagan los demás con las nuestras, pues mientras procedamos de manera que no hagamos daño a nadie, lo que parezcamos o no, a mi al menos me importa bien poco. Aunque alguna vez me han dicho: “no sólo hay que ser, sino también hay que parecer”. Qué asco me da esa frase, pero que cierta es, adaptada a nuestro mundo de latas de conservas, claro está, sino sería una puta mierda de frase. Por lo tanto, una puta mierda de frase que puede ser perfectamente adaptada, aceptada y avalada en un lugar, indica que ese lugar es una puta mierda, y lo mismo los que lo habitan. Claro que, aparte de putas mierdas, como dije antes casi nada es blanco o negro, por lo tanto, esperemos que lo gris solo sea un poco mierda, porque vaya tela con las mierdas: cosa sin valor o mal hecha, persona sin cualidades ni méritos (RAE).
Una vez, en una película romanticona (sí, las veo) dijeron algo así como: “…porque no hay que poner etiquetas, no hay que decir novio/a, amigo/a, marido/mujer; llega un momento que no ves más allá de la etiqueta, no ves a la persona…”
Me marcó bastante la frasecita barata de comedia amorosa, es más cierta que la anterior (ser y parecer), la que era una puta mierda, pero no más adaptada, ni aceptada, ni avalada.
Y en realidad, después de todo, es mejor no pensar, dejar fluir lo natural, y si es etiquetar, pues nada: una puta mierda más que fluye por nosotros y que se verá equilibrada por otra algo menos mierda (gris), que espero, alberguemos la mayoría.
He dicho “se verá equilibrada”, vaya manía la de equilibrar. A las latas las dosifican, para comercializarlas según las normas establecidas por la superestructura: equilibrio. Y a nosotros, ¿quién nos dosifica?, ¿qué superestructura establecerá las normas?, ¿con qué función?, ¿por qué con fecha de caducidad?
Por mucho que haya querido hacernos ver como algo tan simple (lata), sigo sin respuestas a estas preguntas, al igual que todos vosotros, pues una simplicidad puede llegar a ser muy complicada, así que mejor no complicarla más. Dejémonos de latas, dejémonos de querer corregir siempre los desequilibrios, la vida es un desequilibrio.

viernes, 21 de enero de 2011

AL FREÍR PATATAS. 20/01/2011

Al freír patatas, si ponemos demasiado aceite en la sartén y las echamos antes de tiempo salen “saturadas".

- Saturación: hidratos de carbono, ideas, relaciones, acontecimientos…
- Saturados: patatas, individuos, sonidos, sentimientos…
RESULTADOS: aburrimiento, desencanto, cansancio…

Si al echar nuestro aceite “dosificamos” la cantidad y vertemos las susodichas patatas en su justo momento, finalmente son exquisitas.

- Dosificación: patatas, monotonías, actos…
- Dosificados: hidratos de carbono, monótonos, temperamentos…
RESULTADOS: emoción, expectativas, ilusión…

• Los hidratos de carbono tienen su renombre en la cocina, pero tras saturarlos, al ser saturados los llaman patatas…
• Las patatas en la ciudad de la cocina son sólo patatas...acompañan a cualquiera, son baratas; Cuando decidimos dosificarlas para saborearlas, pretendiendo no enaltecer nuestro tonelaje en demasía…pasan a llamarse hidratos de carbono.

Ser un hidrato de carbono y nunca una patata barata, lo mismo es que no es lo mismo.
¡Cuidado de quién te rodeas…cuidado con quién eres!

jueves, 6 de enero de 2011

EL INOCENTE ENGAÑO. 06/01/2011

¿No es injusto que esta sociedad, nuestra propia cultura…nos permita crecer con la inocencia de que vivimos en un cuento sin fin?
Es una crueldad consentida, teniendo en cuenta que como le indica el difunto Jan Olav a su hijo Georg en el libro de Jostein Gaarder: “al elegir vivir, elegimos morir”.
Cuando vivimos soñando con algo improbable, vivimos albergando una esperanza. Dicen que la “esperanza” es lo último que se pierde; pues sí, pero es más lógico pensar que se pierde porque es lo último que albergas y tú mismo te pierdes, en lugar de pensar que la esperanza se pierde por sí sola. Hablo de la esperanza de otra vida, de otro cuento sin fin, de no desaparecer eternamente.
Es algo conmovedor, y sorprendentemente hay millones de personas que no llegan a conmoverse, porque ni siquiera lo contemplan. Por lo tanto, partiendo de la base de que tantos ciudadanos del mundo no se ponen las gafas de ver, ¿cómo vamos a evitarle ese engaño, esa estafa a los que vienen?
El ser humano (en su mayoría), se caracteriza por tener miedo a la “no verdad”, pero esas verdades que llevan repartiéndose por todo nuestro ser desde hace tanto… ¿quién las hizo verdad? Las verdades cambian, pues ni si quiera sabemos lo que es verdad; más bien, cada uno tiene su verdad y lo “verdaderamente” interesante de todas ellas es lo que sacamos al compartirlas.
Al igual que las verdades, el mundo cambia. Conocemos más aquello que no acabamos de conocer; y por tanto deberíamos impulsar más el cambio: de pensamiento.
Llegados a este punto, me encuentro ante un dilema; de fácil o difícil solución, dependiendo de la sensibilidad de cada uno:
A nosotros nos plantan aquí: ahí tienes un mundo para ti, una vida, unos seres queridos. Y nadie nos dice: un día, cuando llegue el momento tendrás que abandonarlo, para desaparecer eternamente; y lo único que puedes hacer contra ello es albergar una “esperanza” de que tu desaparición no será eterna: tímida para los más valientes, grande para los más cautelosos y única para los que no ven más allá, los que no miran hacia donde no les han dicho que miren.
Pero, tan cruel o más sería destrozar al niño inocente de Nietzsche antes de tiempo, que seguir permitiendo el “inocente engaño”.
Entonces… ¿qué hacemos? : ¿Engañamos a los nuevos para que ellos solos aprendan a través de la observación y de los errores en su conjunto, como hemos hecho y hacemos todos nosotros?, o por el contrario, ¿construimos adultos prematuros?
Tampoco sería sensible revelar a un niño la presencia de puertas abiertas al final del cuento; cuando ni siquiera somos capaces de decirles quienes son los “verdaderos” reyes magos. Al fin y al cabo, cuando lo descubren tampoco es tan dramático.
Lo ideal entonces, podría ser unir ambas “verdades” y compartir la “verdad”, para que al dejar de ser inocentes no tengamos por qué pasar por ser camellos; y finalmente hayamos tenido en nuestras manos un alto porcentaje de posibilidades de ser superhombres: “la afirmación enérgica de la vida, creador y dueño de sí mismo y de su vida, un espíritu libre…”

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Jamás, en este amante, la sazón del racionero comedido. Escucha el acto -precipicio impuro- y no el retoque del prejuicio noble.