martes, 7 de diciembre de 2010

EL TALÓN DEL JUSTO MEDIO. 11/10/10

Aristóteles dijo que en el justo medio está la virtud, y de hecho para mí esa revelación ha sido siempre como el abecedario, pero hoy cuando venía en el autobús, de repente le he encontrado su talón de Aquiles. Dependiendo, claro, si Aristóteles hubiese estado dispuesto a aplicar su justo medio en el siguiente caso:
Una vez más, reflexionando sobre la vida, la muerte, el ser humano, y todo lo que conlleva serlo; he llegado a una conclusión: “envidiando” a los que no sufren por ello, porque su ignorancia no se lo permite y extrapolándome al otro extremo: los que lo sufren en algún momento, pero lo superan porque su capacidad les permite hacer ambas cosas. Entonces, ¿qué queda en el justo medio? Pues ateniéndonos a las matemáticas, por regla de tres, quedan los que lo sufren pero no lo superan: los “débiles”. Y como en el caso de la vida y la muerte, con todo lo demás.
Queda en el justo medio precisamente algo muy distinto a ser virtuoso: la debilidad. Supongo que el justo medio de Aristóteles pretendía ser aplicable únicamente a los adjetivos: cobarde o temerario, en el justo medio el valiente.
Aprovechando esta reflexión, quizás sin sentido o poco compartida, me gustaría transmitir mi sentimiento acerca de la educación social de nuestro siglo, desprovista en muchos casos de la importante y antigua triada de valores: ser buena persona, dar a cada uno lo que es suyo y no hacerle daño a nadie. Si todos fuésemos conscientes de que una buena trayectoria y una buena sociedad se construye justo con tres sencillas pautas a seguir, ese justo medio (debilidad) del que hablo quizás fuese mucho menor de lo que es, porque todos estaríamos más preparados para afrontar la vida y afrontar estar en el mundo, lo cual es una tarea complicada que puede hacerse sencilla.
Seguramente, todo esto que acabo de soltar lo saben más de los que lo llevan a cabo, pero para empezar somos una sociedad divida, y eso es sinónimo de debilidad; y para terminar, como dijo Gustave le Bon: las voluntades débiles se traducen en discursos; las fuertes en actos.
Quizás sea un planteamiento de mierda, o una hipótesis poco consistente, pero de momento, con 21 años es la que tengo.

martes, 23 de noviembre de 2010

LA MODERNIZACIÓN FINGIDA. 22/11/10


La religión ni me va ni me viene y la iglesia ni me gusta ni me disgusta. Por una parte me parece el mayor negocio, y por otra la mayor ONG del mundo. Gracias a que está rodeada de gente con fe, puede ser tanto una cosa como la otra: sin adeptos no hay negocios, y sin fe no hay voluntad. Hay mucha gente que realmente aporta sus servicios a la comunidad, respaldados por su fe. Hay muchos adeptos también que ya no saben ni en qué creer.

Todas las grandes empresas necesitan de socios, y entre los socios hay altruistas, los que menos ganan materialmente y más personalmente.
A la vista está que no me decanto ni por alabar ni por criticar a la iglesia, a cada uno lo que es suyo, pero hoy vengo a criticar: Benedicto XVI aprueba el uso del condón, pero sólo en casos especiales (evitar el contagio de SIDA). ¡Qué bueno sería que todos supiéramos lo que tenemos y que todos lo confesáramos!
Si lo acepta sólo en ese caso, debe pues aceptarlo para cualquier relación sexual que se dé entre dos personas de forma esporádica; suponiendo en todo caso que en las relaciones estables exista fidelidad.
En una sociedad en la que la escasa natalidad no es provocada por el uso del preservativo, sino por el estilo de vida, no tienen sentido estas declaraciones, pues para el dogma eclesiástico lo importante es la procreación. Nuestro país, por ejemplo, es un país envejecido, cuya imagen es la de una pirámide invertida; debido a las bajas que hubo en la guerra civil y a nuestro ritmo de vida.
Estamos criados en la generación del libertinaje, en la de “hoy esto y mañana ya veremos”. ¡Qué procreación ni descendencia esperan de esto!
El condón es nuestra mejor garantía: locos y carnales, pero sanos.
Si su declaración la adaptamos a un lugar donde sea evidente la necesidad del preservativo: África, pues en los países desarrollados es algo tácito, sigue siendo un acto que además de contradictorio en sí mismo; por el matiz que incluye y por la ideología de quién lo expresa, es la prueba hasta ahora que mejor saca a la luz la parte interesada de la iglesia.
Todo aquello que fue creado en algún momento y quiere seguir vivo tiene que adaptarse a los tiempos, y la iglesia no va a ser menos. La remodelación que hace de sí misma es por no perder adeptos y por agradar a una sociedad que cada vez la ve más anquilosada.
No son palabras infundadas las mías, aunque no significa que sean acertadas, pero si nos paramos a analizar la actitud del papa anterior y la del propio Benedicto XVI hace un año ante la misma cuestión, encontramos lo siguiente: Juan Pablo II desautorizó en 1996 un documento publicado por la Conferencia Episcopal francesa que defendía el uso del preservativo para evitar el contagio del SIDA.
Ratzinger se negó a avalar el condón como método para enfrentarse al SIDA que abate al continente africano. Esto ocurrió el año pasado durante su viaje apostólico a África. Por ello fue objeto de grandes críticas.
Lo que fue negado por ambos, es justo lo que ahora plantea Benedicto XVI. Dicho Pontífice, además, es el que más duro se ha mostrado a la hora de enfrentarse a los escándalos de pederastia que han salpicado a la iglesia.
Dicen que esto muestra que tiene una firme voluntad por acercar a la iglesia al mundo real. Yo creo que más bien se trata de una estrategia de mercado: los católicos que estuviesen defraudados estarán conformes, y los no católicos mirará de otra forma a la iglesia.
Encima, la Agencia de Naciones Unidas para el SIDA está agradecida, pues “desgraciadamente” es un paso significativo y positivo: la iglesia manda.
Al menos, este marketing puede salvar millones de vidas, particularmente en África, y eso es lo que importa.

lunes, 15 de noviembre de 2010

EL DaSALTAMIENTO. 15/11/2010

Se preguntarán que cuál es el significado de la palabra DaSaltamiento. Es simple, al igual que lo que encierra en sí. Si descomponemos la palabreja, como podemos descomponer José y Luis del nombre propio, encontramos lo siguiente: Da, que lleva consigo la predisposición del poseedor / a de dicha atribución a emplear una actitud y cumplir con una “misión” nocturna o diurna, aunque normalmente se desarrolla bajo el toldo de estrellas. Pongamos pues que en el “prefijo” Da- va impresa la intención. 
Veamos ahora entonces intención de qué, sacando a la luz el significado del “sufijo” –Saltamiento. Podríamos definirlo como acto a través del cual un individuo tiende a entrar en terreno sexual-ocio-festivo, irrumpiendo más allá de la línea invisible de la entidad corporal social, ilegitimando así la distancia prudente entre dos entes.
Por lo tanto, un DaSalta es toda aquella persona que tiene esta actitud en la vida.
Llegados a este punto y sabiendo sin saber el significado de la palabra en cuestión, podemos concluir y decir: ¡hay que ver la juventud de hoy en día!

domingo, 14 de noviembre de 2010

LA POSIBILIDAD CERO. 10/11/2010

La vida es entre otras cosas, saber que puedes no volver a ver a alguien. No por suspender una cita o no concertarla, sino porque esa persona deje de existir. Cuando esa persona existe, cabe la posibilidad de encontrarse, y cuando no existe nada, existe la posibilidad cero. El sentimiento que debemos sobrellevar para aceptar esa posibilidad cero se llama dolor.
El dolor forma parte de nuestras vidas, y afortunadamente es un sentimiento efímero, o al menos debe serlo. No sería justo que fuesen sentimientos pasajeros la alegría y el placer y no lo fuese el dolor. Por ese hecho, por el hecho de que exista justicia en algún ámbito, el dolor debe ser temporal, circunstancial y capaz de hacernos más fuertes. Dicen que lo que no te mata te hace más fuerte. Siguiendo la misma regla, a nadie le pasa nada que no sea capaz de superar, y es ese pensamiento el que debe albergar nuestra mente cuando la posibilidad cero se acerca, pues ésta es inevitable. Lo evitable ocurre o no, depende del azar, del destino, de nuestras propias acciones en definitiva; pero lo inevitable no depende de nada que esté a nuestro alcance, sólo depende de lo desconocido y no podemos modelar lo que no conocemos, ni luchar contra ello porque acabaríamos perdiendo por goleada. Sólo podemos aceptarlo y aprender a vivir con ello.

LOS TOROS. 08/07/2010

Siempre lo he considerado un arte, un arte sangriento. Me gustan las corridas de toros, el traje de luces, el toreo a caballo, el toreo a pie. Me gusta la maestranza, me gusta su albero, sus tendidos, su callejón, sus puertas. Todo ello quizás, fruto de una cultura, una costumbre voluntariamente adquirida e inocentemente inculcada.
Sin embargo, al reflexionar una vez más sobre la vida y la muerte, vuelvo a ver el egocentrismo del ser humano, el toreo no es más que otro ejemplo de ello, de las muchas cosas que pensamos que dominamos, que manejamos a nuestro antojo, en este triste caso: animales (como nosotros mismos), seres vivos, a los cuales, alguna fuerza sobrenatural, alguna divinidad, el ciclo evolutivo, o vaya usted a saber qué, les ha dado la oportunidad de vivir, pero al final queda en nuestras manos poner fin, un final que no nos pertenece: la vida de los susodichos morlacos.
Se estará preguntando usted si soy bipolar (haciendo un mal uso del término) o algo por el estilo, porque cómo me puede gustar toda la parafernalia que he descrito al principio, cómo puedo considerarlo un arte y a la vez criticar nuestra propia toma de poder, el poder de matar.
Algo lúcida aún me considero, pues mi contradicción tiene una sencilla e insulsa explicación: me pasa con los toros como con el alcohol, sé que no es bueno emborracharse, pero me gusta (bebedora social).

LA ENFERMEDAD MENTAL

Con este pequeño gesto, me gustaría ayudar a cambiar el concepto estigmatizado que existe sobre las enfermedades mentales, para así, poder luchar contra ellas con más manos, y poder vivir con ellas con más respeto.
La reflexión que voy a plantear, la elaboré para una asignatura que cursé de enfermedades mentales, y que sinceramente cambió mi visión sobre muchas cosas.
Yo siempre fui bastante escéptica acerca de las enfermedades mentales, pues nunca las viví de cerca, pero un día no muy lejano pasé por una experiencia muy simple, pero aprendí mucho de ella. De repente se me vino a la cabeza un pensamiento… “la gente se muere”.
Yo ya lo sabía, había hablado de eso miles de veces, había bromeado, como todos: “de algo me tengo que morir, yo me voy a beber otra copita”, y de repente esas frases me entraban como balas en el pecho, me parecían tan osadas… Me di cuenta que no somos nada, pues como alguien me suele decir “hombre, que polvo eres, en polvo te convertirás”.
Fue tan duro en esos días asumirlo, el día que hoy pasa nunca volverá a pasar, tus seres queridos se van y vienen otros afortunadamente, tú mismo desaparecerás, aquí no se queda nadie…era pensarlo y sumirme en un profundo sufrimiento, en el “sufrimiento sufrido” por muchos durante toda la historia de la humanidad, el no poder hacer nada para evitarlo, el resignarse a algo tan evidente y tan próximo como quien dice… Lloraba al pensarlo, me daba igual salir mejor o peor vestida a la calle, me daba igual hacer esto o lo otro, me daba igual ir que no ir, etc.
En esos momentos mi preocupación era tal como buscar la manera de hacerse inmortal de algún modo (somos egocéntricos por naturaleza), hasta que finalmente me di cuenta que todos lo somos, pues al menos de una manera ínfima influimos en los demás, y eso queda ahí… Si nos damos cuenta, hay grandes inmortales en la historia: Einstein, Newton, Platón, Hipatia, por nombrar a algunos. En realidad para serlo (inmortales) dedicaron su “vida” a ello (supongo que no intencionadamente), y personalmente no si se compensa, así pues, mi preocupación terminó de diluirse.
Llegué al fin a la conclusión de “la inutilidad del sufrimiento”, me pregunté a mi misma: ¿qué haces amargándote por algo tan inútil? No tienes afortunadamente ningún problema, si tienes que tenerlos vendrán solos, prepárate para ellos, pero mientras vive y se feliz que es lo único que se puede hacer para combatir lo inevitable que es morir…
Afortunadamente solo duró unas semanas, y tuve buenos consejeros, nada cosas de la madurez dicen por ahí, pero fue suficiente para hacerme una idea del sufrimiento padecido por personas enfermas mentalmente, las cuales, en muchos casos ni si quiera son conscientes de lo que tienen, y que las peores enfermedades son las de la mente, sin duda, porque coartan o anulan en muchos casos al ser en sí.
Como por ejemplo, el no poder disfrutar de cosas tan naturales y tan maravillosas como formar una familia, tener hijos, o simplemente disfrutar de las amistades, vivir el día a día como mejor se pueda.
Es terrible, porque esas personas, al igual que las que las rodean, viven con la angustia provocada por el miedo, pues dicen que las dos cosas que más miedo nos causan son la muerte (por propia experiencia) y la “locura”. Consecuentemente, se alejan de la posibilidad de ser felices.
Según Eduardo Punset, la felicidad es la ausencia de miedo. La mayoría de los enfermos mentales tienen miedo, por no hablar del miedo que padecen sus familias al tener a esas personas cerca. Como por ejemplo la anciana cuya sobrina sufría esquizofrenia, que describía la llegada de esta como balazos en el estómago.
Ya que pocas veces se puede paliar ese miedo en los enfermos, deberíamos poder evitarlo en sus cuidadores, ofreciendo medios, ofreciéndoles por tanto la posibilidad de ser felices.
Pero he aquí otro tema:
En cuanto a los medios que se ofrecen para el tratamiento y prevención de las enfermedades mentales, así como las infraestructuras dedicadas a ello, son escasos.
En mi opinión todo ello es una asignatura pendiente del estado, y en gran parte de la sociedad, pues nuestras normas cívicas, nuestro código penal, nuestro sistema de sanidad (seguridad social), todo en nuestro país está orientado de manera tal que la sociedad es la responsable del individuo, es decir, si un individuo fracasa se supone que es “culpa” de la sociedad.
No hablo del fracaso del individuo enfermo, pues no sería justo llamarlo fracaso, ya que es algo que no elegimos; aunque de alguna manera sí influye la sociedad en los factores de riesgo o desencadenantes de la enfermedad.
Me refiero al fracaso de nosotros mismos. Cuanto menos formación tenemos más ignorantes somos, y en consecuencia más osados. Hablo de la osadía de llamar a alguien “loco” sin pensar en tenderle la mano.
Es por ello que no vemos reflejada esa responsabilidad social en este mundo de las enfermedades mentales.
Con todo este rollo que acabo de soltar, llego al final de mi reflexión, recurriendo a otro personaje, Tito Livio, quien dijo que << la verdad puede eclipsarse, pero no extinguirse >>, y la verdad es que ninguno de nosotros estamos libres de nada, y es por ello por lo que hay que luchar, por superar la ignorancia hacia algo tan dramático y tan respetable, como son las enfermedades mentales.

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Jamás, en este amante, la sazón del racionero comedido. Escucha el acto -precipicio impuro- y no el retoque del prejuicio noble.