Con este pequeño gesto, me gustaría ayudar a cambiar el concepto estigmatizado que existe sobre las enfermedades mentales, para así, poder luchar contra ellas con más manos, y poder vivir con ellas con más respeto.
La reflexión que voy a plantear, la elaboré para una asignatura que cursé de enfermedades mentales, y que sinceramente cambió mi visión sobre muchas cosas.
Yo siempre fui bastante escéptica acerca de las enfermedades mentales, pues nunca las viví de cerca, pero un día no muy lejano pasé por una experiencia muy simple, pero aprendí mucho de ella. De repente se me vino a la cabeza un pensamiento… “la gente se muere”.
Yo ya lo sabía, había hablado de eso miles de veces, había bromeado, como todos: “de algo me tengo que morir, yo me voy a beber otra copita”, y de repente esas frases me entraban como balas en el pecho, me parecían tan osadas… Me di cuenta que no somos nada, pues como alguien me suele decir “hombre, que polvo eres, en polvo te convertirás”.
Fue tan duro en esos días asumirlo, el día que hoy pasa nunca volverá a pasar, tus seres queridos se van y vienen otros afortunadamente, tú mismo desaparecerás, aquí no se queda nadie…era pensarlo y sumirme en un profundo sufrimiento, en el “sufrimiento sufrido” por muchos durante toda la historia de la humanidad, el no poder hacer nada para evitarlo, el resignarse a algo tan evidente y tan próximo como quien dice… Lloraba al pensarlo, me daba igual salir mejor o peor vestida a la calle, me daba igual hacer esto o lo otro, me daba igual ir que no ir, etc.
En esos momentos mi preocupación era tal como buscar la manera de hacerse inmortal de algún modo (somos egocéntricos por naturaleza), hasta que finalmente me di cuenta que todos lo somos, pues al menos de una manera ínfima influimos en los demás, y eso queda ahí… Si nos damos cuenta, hay grandes inmortales en la historia: Einstein, Newton, Platón, Hipatia, por nombrar a algunos. En realidad para serlo (inmortales) dedicaron su “vida” a ello (supongo que no intencionadamente), y personalmente no si se compensa, así pues, mi preocupación terminó de diluirse.
Llegué al fin a la conclusión de “la inutilidad del sufrimiento”, me pregunté a mi misma: ¿qué haces amargándote por algo tan inútil? No tienes afortunadamente ningún problema, si tienes que tenerlos vendrán solos, prepárate para ellos, pero mientras vive y se feliz que es lo único que se puede hacer para combatir lo inevitable que es morir…
Afortunadamente solo duró unas semanas, y tuve buenos consejeros, nada cosas de la madurez dicen por ahí, pero fue suficiente para hacerme una idea del sufrimiento padecido por personas enfermas mentalmente, las cuales, en muchos casos ni si quiera son conscientes de lo que tienen, y que las peores enfermedades son las de la mente, sin duda, porque coartan o anulan en muchos casos al ser en sí.
Como por ejemplo, el no poder disfrutar de cosas tan naturales y tan maravillosas como formar una familia, tener hijos, o simplemente disfrutar de las amistades, vivir el día a día como mejor se pueda.
Es terrible, porque esas personas, al igual que las que las rodean, viven con la angustia provocada por el miedo, pues dicen que las dos cosas que más miedo nos causan son la muerte (por propia experiencia) y la “locura”. Consecuentemente, se alejan de la posibilidad de ser felices.
Según Eduardo Punset, la felicidad es la ausencia de miedo. La mayoría de los enfermos mentales tienen miedo, por no hablar del miedo que padecen sus familias al tener a esas personas cerca. Como por ejemplo la anciana cuya sobrina sufría esquizofrenia, que describía la llegada de esta como balazos en el estómago.
Ya que pocas veces se puede paliar ese miedo en los enfermos, deberíamos poder evitarlo en sus cuidadores, ofreciendo medios, ofreciéndoles por tanto la posibilidad de ser felices.
Pero he aquí otro tema:
En cuanto a los medios que se ofrecen para el tratamiento y prevención de las enfermedades mentales, así como las infraestructuras dedicadas a ello, son escasos.
En mi opinión todo ello es una asignatura pendiente del estado, y en gran parte de la sociedad, pues nuestras normas cívicas, nuestro código penal, nuestro sistema de sanidad (seguridad social), todo en nuestro país está orientado de manera tal que la sociedad es la responsable del individuo, es decir, si un individuo fracasa se supone que es “culpa” de la sociedad.
No hablo del fracaso del individuo enfermo, pues no sería justo llamarlo fracaso, ya que es algo que no elegimos; aunque de alguna manera sí influye la sociedad en los factores de riesgo o desencadenantes de la enfermedad.
Me refiero al fracaso de nosotros mismos. Cuanto menos formación tenemos más ignorantes somos, y en consecuencia más osados. Hablo de la osadía de llamar a alguien “loco” sin pensar en tenderle la mano.
Es por ello que no vemos reflejada esa responsabilidad social en este mundo de las enfermedades mentales.
Con todo este rollo que acabo de soltar, llego al final de mi reflexión, recurriendo a otro personaje, Tito Livio, quien dijo que << la verdad puede eclipsarse, pero no extinguirse >>, y la verdad es que ninguno de nosotros estamos libres de nada, y es por ello por lo que hay que luchar, por superar la ignorancia hacia algo tan dramático y tan respetable, como son las enfermedades mentales.

Muy buena y empática reflexión.
ResponderEliminarCreo que todo ser humano, o al menos todo el que experimente en su interior un mínimo de inquietudes, ha pasado por algún periodo de miedo y desmotivación brutal ante la perspectiva de la muerte, pero sin duda lo más positivo está en darse cuenta de que no es un motivo para amargarse y que, desde luego, tenemos muchas más razones para aprovechar la vida y las oportunidades que nos brinda, al contrario que esa considerable cantidad de personas a las que las opciones les fueron arrebatadas desde muy temprano o incluso antes de nacer.
Un saludo, me alegro de leerte :)